Max Ernst, quien falleció hace 49 años, el 1° de abril de 1976, fue uno de los artistas más complejos del siglo XX: rompió normas y alargó horizontes para la pintura y la escultura.
Collages perturbadores, criaturas híbridas y técnicas experimentales definieron la obra de un artista que rompió las reglas de la realidad.
Max Ernst, quien falleció hace 49 años, el 1° de abril de 1976, fue uno de los artistas más complejos del siglo XX: rompió normas y alargó horizontes para la pintura y la escultura.
Su opción por lo onírico y lo irracional le hizo generar un universo visual plagado de simbolismo. Criaturas híbridas, como aquella de "El ángel del hogar", paisajes fantásticos y arquitecturas imposibles poblaron su universo creativo.
Miguel Calvo Santos sostiene que Ernst "quiso representar en su obra el mundo de los sueños. Fue un surrealista militante y llevó este movimiento por todo el mundo".
"Para él, la parálisis ante un lienzo en blanco («complejo de virgen») se solucionaba de una forma muy sencilla: sacando material del subconsciente", agrega Calvo Santos.
Como un Da Vinci del siglo XX, vio en los instrumentos de su tiempo la posibilidad de ampliar sus canales expresivos. De modo que se introdujo en el cine, colaborando con algunos de los directores más influyentes de su tiempo.
Nació en Brühl, Alemania, en 1891. Autodidacta, encontró en el arte la posibilidad de cuestionar la realidad e introducirse en lo irracional, el subconsciente.
En 1919 se unió al movimiento dadaísta y comenzó a experimentar con el collage, combinando imágenes para crear escenas perturbadoras.
Sin embargo, su transformación artística llegó con el surrealismo. Para Ernst, la realidad era una construcción arbitraria. Por eso, quería desmontarla y revelar lo oculto en la mente humana.
Como señala un texto de la Fundación Juan March, "el universo visionario de Ernst está compuesto de territorios inciertos, de espacios donde convergen criaturas que habitan entre lo imaginario y la realidad".
"Ello convierte su obra en un juego de enigmas y desafíos para la mirada, en el que el sarcasmo, lo grotesco, el humor y la crítica ocupan un lugar primordial", agrega la misma fuente.
Fue un experimentador constante de técnicas. El frottage consistía en frotar un lápiz en superficies rugosas para obtener texturas raras, para convertirlas en paisajes y figuras oníricas.
El grattage aplicaba el mismo principio sobre pintura: rascar la superficie del lienzo y revelar formas que servían como punto de partida para las composiciones.
La decalcomanía tenía que ver con presionar la pintura entre dos superficies y separarlas. El resultado: formas orgánicas que eran intervenidas para pasar a ser imágenes fantásticas.
Eran recursos de los que Ernst se valía para liberar la imaginación y acceder a lo inconsciente.
Max Ernst abordó muchos temas que se repiten a lo largo de su trayectoria. Uno de ellos es la metamorfosis, sus figuras aparecen en transformación, atrapadas entre distintos estados.
Lo onírico y lo subconsciente tienen un papel central. Influenciado por las obras de Sigmund Freud, Ernst veía los sueños como una puerta hacia dimensiones desconocidas.
El caos y la destrucción aparecen en sus paisajes apocalípticos. Es que las dos guerras mundiales (luchó en la primera, fue encarcelado en la segunda) se filtraron en su obra.
Su "bestiario" surrealista está lleno de seres fantásticos. Los pájaros antropomórficos y las criaturas híbridas son una constante en su universo visual.
Una posible clave la revela Calvo Santos, cuando recuerda que a los 15 años quedó afectado por la muerte de su loro, justo cuando nació su hermana menor.
"Confuso por el incidente, empezó a relacionar aves y personas y esto se ve en sus cuadros, a menudo con cruces de pájaros y humanos", señala el especialista.
El surrealismo encontró en el cine un medio para ampliarse. Ernst participó activamente en ese ámbito. En 1930, su estética influyó en "La edad de oro" de Luis Buñuel.
En 1934 publicó un libro de collages que puede considerarse un antecedente del montaje cinematográfico surrealista.
En 1947 trabajó con Hans Richter en "Sueños que el dinero puede comprar". Creó una de las secuencias donde el protagonista entra en un cuadro animado.
El vínculo no fue flor de un día: la obra de Ernst sigue inspirando a cineastas actuales. David Lynch incorporó en sus películas elementos que recuerdan a sus cuadros. "Eraserhead" o "Mulholland Drive" remiten a Ernst.
Guillermo del Toro imaginó criaturas y escenarios que evocan su bestiario surrealista. "El laberinto del fauno" es un ejemplo de tal influencia. Terry Gilliam, con su amor por el collage, heredó algo de la estética de Ernst. Películas como "Brazil" o "El imaginario mundo del Doctor Parnassus" lo demuestran.
Sea en una pintura, en un collage o en una película, la presencia de Ernst sigue estimulando la imaginación a casi medio siglo de su muerte.
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