María Moreno: "No me preocupa la duración de lo que escribo"
Su nuevo libro, “Por cuatro días locos. Pequeño inventario de la patria pop” (Sigilo), recorre, a través de personalidades fulgurantes, la historia de un país apasionante.
“Yo soy barroca, populista esteticista. O sea, peronista”, se define Moreno. Foto: Gentileza Alejandra López
Periodista, narradora y crítica cultural. Es una de las más grandes cronistas y ensayistas de habla hispana. Se inició en el campo periodístico en el diario La Opinión, fundó la revista Alfonsina, fue secretaria de redacción de Tiempo Argentino y durante décadas escribió para Página/12. En 2002 obtuvo la beca Guggenheim, en 2019 el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas y en 2023 el Premio Ñ a la trayectoria. Hablamos de María Moreno: nombre artístico, nombre propio.
Ha publicado, entre otros libros, “El Petiso Orejudo” (1994), “Vida de vivos” (2005), “Black out” (2016, ganador del Premio de la Crítica de la Feria del Libro de Buenos Aires), “Panfleto. Erótica y feminismo” (2018). Su último libro, publicado a través de Sigilo, es “Por cuatro días locos. Pequeño inventario de la patria pop”. En diálogo con El Litoral, Moreno profundizó en la flamante obra que, según su lectura, tiene un vínculo de filiación con una de sus primeras publicaciones, “A tontas y a locas”.
Imaginario nacional
El pequeño inventario de la patria pop diseñado por Moreno ensambla crónicas alojadas en libros y prensa gráfica con inéditos. La autora precisa que “la base fue un libro que publiqué en 2002 que se llamaba ‘El fin del sexo y otras mentiras’ que tenía una sección sobre el kitsch peronista que es la que repito en ‘Por cuatro días locos’. Entonces me di cuenta que escribí muchas crónicas sobre lo que podría llamar ‘un imaginario nacional’. Acudí a mis archivos que son enormes y fui robando prolijamente. Yo no escribo, me reciclo”.
Uno de los epígrafes del libro es una frase de Manuel Gutiérrez Nájera acerca de la escasez de tiempo en el oficio periodístico. Consultada por los modos en que opera esta dimensión, el tiempo, en la confección y la futura lectura de las piezas, María explica: “Me quejo de tener -cuando estaba en las redacciones- que escribir rajando. Por eso la frase de Gutiérrez Nájera. Y no me preocupa la duración de lo que escribo. No me paso al libro para durar más sino para poner en evidencia ciertas ideas fijas que ya son un libro, sólo que escrito en los diarios y desparramado”.
-También elegiste un intertexto de José Martí, otro poeta periodista, como puerta de entrada al libro. ¿Por qué?
-No como puerta de entrada al libro, sino porque las condiciones del periodismo vienen de muy atrás. Y porque afirma el crítico Julio Ramos en “Desencuentros de la modernidad” que escritores como Rubén Darío, Amado Nervo o Manuel Gutiérrez Nájera, que escribían en los primeros periódicos, valoraban sus producciones poéticas, reafirmando, en contraste con esas zonas impuras de la prensa, la creación de un sujeto literario latinoamericano.
Sorna
El libro se divide en cuatro secciones: “Maradooo...”, “Por cuatro días locos...”, “Look made in Argentina” y “El kitsch peronista”. A lo largo de las crónicas se percibe una disputa con el sujeto que se retrata: como si a la par de la atracción emergieran el espanto o la disidencia. María reconoce: “Siempre hay, sino una disputa, una sorna, algo que no puedo evitar”.
“Iconografías femeninas” abre el tercer apartado. Funciona como uno de los ejes en los que se apoya el libro, la serie. La desnudez, la moda, el sistema de objetos (muñeca, máquina de coser). Desde esta óptica puede leerse “La maestrita de Eros”, el texto más longevo de la selección, original de 1984.
Entre los rescates, uno a puntualizar es el discurso inaugural de FILBA 2016 titulado “Cuerpo argentino”. La periodista y escritora compone un cuerpo argentino con partes de distintas procedencias al mejor estilo monstruo de Frankenstein. Es un cuerpo irónico, dice en el texto. ¿Sigue vigente ese cuerpo, María? “Pienso que algunas figuras de ese cuerpo siguen vigentes. Por ejemplo, pondría la melena de Milei pero en el culo”.
Consultada por el uso de la ironía como contrapeso del dolor, la escritora asume: “Yo soy, creo, humorista”. Foto: Gentileza Sigilo
Yo soy
Si está bien escrito, enfocado con precisión, un prólogo ordena la lectura que se hará de la obra. María Moreno recupera una escena de su infancia (el balcón-a-la-calle) graficando, sin soberbia, cómo se ha ido calibrando su mirada sabuesa. Cosecha testimonios que escucha con tanta atención como la que le presta al radioteatro y al fuera de campo. Finalmente, lee en voz alta sin miedo al barullo. Ejecuta una retórica del paseo que le otorga a “Por cuatro días locos” un carácter oral y coral.
Como deja en claro el título del libro, Moreno construye una selección argentina pop. Elige los jugadores y jugadoras fundamentales; casi nadie queda exento. El Che es recuperado, siguiendo la revelación de Piglia, como un gran lector, alguien que descifra signos. Del otro lado del esquema de la comunicación, Maradona hace gala de una inteligencia lingüística -que ya advirtió, entre otros, María Rosa Lojo- para repentizarlos. ¿Cómo se organiza y distribuye la irrefrenable máquina de sentidos pop, la patria argentina, en pos de la obra? ¿Qué variantes estilísticas le ofrecen el inventario, la clasificación, el desagregado de elementos? Se lo pregunto. Ella responde y ordena el campo discursivo. Será la primera de tres autodefiniciones que dará. “Yo soy barroca, populista esteticista. O sea, peronista”.
Más allá de lo dicho, merodean el discurso total como una suerte de médium o traductores tres figuras: Sigmund Freud, Jorge Luis Borges y David Viñas. El padre del psicoanálisis aparece -segunda definición en puerta- “porque soy freudiana”. Borges “no podía faltar en un libro sobre los mitos del país”. ¿Y Viñas? “Porque era amigo cuando no estaba peleada con él, y fundamentalmente porque fue el primero en hacer una lectura política de la literatura argentina”.
Una humorista
Si bien cada uno de los veinte escritos tiene su impronta, aflora un estilo tallado a través de décadas de oficio. Funciona intacto el sonajero de las asociaciones, porque se piensa con sonidos y, como dijo Aute: “el pensamiento es estar siempre de paso”. Pero la autora trabaja con insumos varios stockeados en su proveeduría de sentidos: fuentes heterodoxas, lengua popular, preguntas e, incluso cuando hace falta, la ficción. Cada uno de ellos, todos juntos, aceitan el mecanismo verbal de una ópera barroca que no reniega -más bien se enorgullece de- el goce de la retórica.
-¿Qué ventajas encontrás en el ejercicio de la brevedad para abordar personajes gigantes?
-¿Me estás llamando breve? Gracias. Siempre escribo según la pauta, pero primero me paso y me corto sin dudar. Tengo la ética de Eduardo Gutiérrez en sus folletines. Cuando los linotipistas le decían: “¿Por dónde corto Don Eduardo?” Él contestaba amablemente: “Por abajo, muchachos”. Y eso que podía ser el final de suspenso del folletín.
-Hay un ejercicio de la ironía como contrapeso de la gravedad y del dolor. ¿Cómo es tu vínculo con el humor? ¿Qué fibras te toca, desde qué lugares te conmueve e interpela?
-Yo soy, creo, una humorista. Cuando tuve un ACV y me internaron, en un momento varios pacientes hacíamos cola frente al ascensor, todos en silla de ruedas, entonces vi el cartelito infaltable de “Habiendo escaleras la casa no se responsabiliza”. Me reí a carcajadas.
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