Louis Braille sufrió un accidente a los 3 años que le dañó permanentemente el ojo derecho, resultando en ceguera total a los 5 años... más de 200 años después, su legado ha permitido que millones de personas ciegas puedan leer y escribir.
Un niño ciego lee un libro gracias al sistema Braille, y al hacerlo demuestra que las cosas pueden hacerse mejor.
Louis tenía 3 años cuando estaba jugando en el taller de su padre y se le clavó algo punzante,penetrante, en el ojo derecho, quizá un punzón. Un accidente doméstico. La herida ocular hizo que el ojo le quedara dañado para siempre, y privado de visión.
Pronto apareció la infección. Sin analgésicos ni antibióticos. Entonces el daño de un ojo produjo el daño en el otro ojo, que también perdería la visión. En un pueblo de las afueras, sin dinero. Pero con fuerza de voluntad.
A causa de un cruel capricho de la biología, cuando un ojo resulta dañado, por ejemplo por un traumatismo, tal el caso que nos ocupa, el otro ojo recibe, poco a poco, en algunos casos, tal el caso que nos ocupa, el embate inclemente y destructor de las defensas del paciente. Estas, alteradas, equivocadas, atacan al ojo sano porque al parecer ya no lo reconocen como propio.
Con 5 años, el pequeño Louis ya estaba ciego de los dos ojos. Su padre, talabartero, le enseñaba las letras con un sistema que unos años después sería la base de un gran invento. Sobre un cuero clavaba tachuelas, o chinches sobre una madera, de tal manera que simbolizaran letras, y el pequeño Louis, con paciencia infinita, con los dedos aprendía a reconocerlas. Con 9 años ya asistía a la escuela del pueblo, a unos 40 kilómetros de París, y el maestro se sorprendía al ver cuánto aprendía Louis con sólo prestar atención.
Poco después, Louis consiguió una beca para estudiar en el Instituto Nacional para Jóvenes Ciegos, en París. Allí convivía con un centenar de jóvenes ciegos o casi ciegos en unas condiciones precarias, inadecuadas, sucias, autoritarias y sin respeto por la invalidez. No obstante, Louis fue un buen alumno y más tarde sería profesor del mismo Instituto, pero aquí contrajo la tuberculosis que arrastraría el resto de su vida.
Siendo alumno, Louis perfeccionó el antiguo sistema con el que les enseñaban a leer, que se basaba en un código militar. Así, poco a poco, inventó lo que hoy conocemos como el sistema Braille, basado en el alfabeto Braille, que sin duda tenía los fundamentos que le había enseñado su padre. Louis Braille había nacido el 4 enero de 1809.
El sistema braille, una herramienta vital para la inclusión.
El sistema Braille
Aun siendo claramente mejor que los métodos obsoletos que imponían en aquel Instituto, el sistema del joven Braille no recibió más que críticas y desprecio por parte de quienes controlaban la institución, que no eran ciegos. Se negaban a reconocer las virtudes del invento pese a que ganaba adeptos con rapidez, se negaban a reconocer que se podían hacer las cosas de mejor manera. Se negaban a aceptar que un alumno pobre fuera capaz de mejorar los viejos métodos del Instituto.
Se negaban a aceptar que alguien fuera más capaz, más competente que ellos, señores encumbrados. No sabían, o no querían saber, que el cargo no implica la sabiduría ni las habilidades que se requieren para desempeñarlo tal como se espera, tal como se necesita, sino que sabiduría y habilidades se deben tener ya aprendidas, hay traerlas ya aprendidas y ejercitadas. O en todo caso aprenderlas durante el cargo con una gran dosis de ver y escuchar a los demás con ejemplar humildad, buena voluntad y buena disposición, y con una palabra que tenga valor.
El sistema Braille recién fue reconocido como el método oficial para que los ciegos aprendan a leer y escribir cuando su creador ya había muerto. Louis Braille murió de tuberculosis el 6 de enero de 1852. Tenía 43 años. Durante los últimos años de su vida ejercía como organista en una iglesia de París. El sistema Braille también servía entonces, y sirve hoy, para leer y escribir música.
Este mes de enero, entonces, se conmemoran tanto el nacimiento como la muerte de este notable pedagogo francés, inventor del método que hoy permite que millones de personas ciegas de todo el mundo puedan leer y escribir. En otras palabras, supo entender que había una manera mejor de hacer las cosas, y puso manos a la obra pese a las críticas y el menosprecio de quienes eran autoridad, o creían serlo, ciegos sin ceguera, sordos sin sordera.
El sistema braille, una herramienta vital para la inclusión. Foto: Flavio Raina
Hay una manera de hacer mejor las cosas
Esto pensaba un mediodía mientras en una esquina del centro esperaba la llegada del colectivo de la Línea C Verde para ir a Colastiné. Éramos unas diez personas esperando. Cuando al fin vino, venía casi lleno. Los pasajeros empezaron a subir hasta que el conductor vio que ya no cabía nadie más y avisó que cerraría las puertas dejando personas sin subir. Así lo hizo, y varios nos quedamos en la vereda.
El siguiente tardó una media hora y también venía casi lleno, pero esta vez tuve suerte y conseguí subir. El pasillo del colectivo estaba abarrotado de personas que se apelotonaban como podían mientras los sentados, de toda edad, incluso niños, iban cómodamente sentados.
En el interior del colectivo, la mayor parte del espacio está destinado a los asientos, y esto hace que el pasillo central sea de una estrechez asfixiante. Si fueran menos los asientos, pensé, más espacio habría para personas paradas, y más personas podrían por tanto subir al colectivo, y menos o incluso ninguna quedaría en la vereda. O se mejora la frecuencia, o se mejora la capacidad, maneras de hacer mejor las cosas.
Entonces observé que un hombre y una mujer, ambos sentados, tomaban mate. El hombre cebaba mate y lo compartía con la mujer, que agarraba el mate con la mano derecha porque con la izquierda sujetaba a su bebé, que tomaba el pecho. La escena hubiera pasado por tierna y maternal, y un compañero gentil que ayuda con el mate. Pero no es así. Es una situación peligrosa.
El colectivo avanzaba hacia el norte por la calle Rivadavia, luego doblaría por bulevar Gálvez, enseguida doblaría por San Luis, luego dobla otra vez por Ituzaingó. Se movía mucho con cada curva y con cada irregularidad del asfalto, y adentro había que agarrarse para no caer.
Pese a los enérgicos movimientos, sacudidas, frenadas y arranques, la mujer sostenía el mate, lleno de agua caliente, justo por encima de su bebé, que seguía con el pecho. Si con tanto movimiento el mate se le hubiera derramado sobre el bebé, quemaduras de segundo grado serían las consecuencias. En las piernas, o en la cara, o en los ojos. Ajenos al riesgo que corría el bebé, caso omiso hicieron de una señora que, parada, les advirtió del peligro. Entonces pensé una vez más en que hay una manera de hacer mejor las cosas.
Pero en seguida nos quedamos todos tranquilos cuando, ya circulando por Ituzaingó, hombre y mujer dieron por terminado el peligroso mate al ritmo del colectivo. La mujer, liberada por fin su mano derecha, aceptó el abanico que le ofrecía el hombre y comenzó por abanicar primero a su bebé, que tenía sudorosa la frente. Y alzó la mirada como buscando a quien le diera tan sano consejo, pero esa sabia señora ya no estaba. Miré en derredor, y observé que muchos disimulaban una sonrisa de satisfacción porque vieron que, al fin, sí, las cosas pueden hacerse mejor.
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