Por Juan Manuel Santamaría (*)
Al convivir diariamente con Tagore por un poco más de dos meses, Victoria tiene la percepción de diversos aspectos de la personalidad del poeta. Ella está convencida de la complementariedad entre oriente y occidente.
Por Juan Manuel Santamaría (*)
"Los ojos sólo ven el polvo y la tierra,
pero sienten con el corazón y conocen con la alegría"
"Pusiste el sello de lo eterno en muchos instantes efímeros"
Rabindranath Tagore
En septiembre de 1924, se anunció que el poeta, dramaturgo, novelista y educador hindú, Rabindranath Tagore, pasaría por Buenos Aires de camino a Lima, donde había sido invitado para participar de los actos conmemorativos del centenario de la batalla de Ayacucho. Victoria Ocampo se prepara para recibirlo, escribiéndole cartas que nunca le enviaría, y que luego va a convertir en un artículo, o como ella lo llama carta-artículo, para el diario La Nación, al que titula "La alegría de leer a Tagore".
Años más tarde, en 1958, este artículo será incluido en un trabajo que realiza para ser publicado en la India, con motivo del centenario del nacimiento del poeta, al que llama "Tagore en las barrancas de San Isidro".
Allí nos cuenta que diez años antes de la llegada del poeta a nuestras tierras, había tenido una de sus más importantes experiencias literarias al leer el "Gitánjali", en la traducción francesa de Gide, libro de poemas por el cual se le había otorgado a Tagore el premio Nobel de Literatura en 1913, y el que por ese entonces, había caído en manos de una muy joven Victoria, que atravesaba "una de esas crisis juveniles de las que uno cree no poder salir", y cómo los versos del poeta bengalí le hicieron "llorar lágrimas de liberación", ya que a través de su poesía había descubierto la dimensión de la alegría, en un mundo distinto, donde frente a "ese dios familiar vengativo, exigente, mezquino e implacable" de su infancia, que la sumía "en un vacío inmenso", aparecía esta nueva idea de descubrir la inmensidad de lo eterno a través de la realidad y a dios detrás de ella; a ese dios que sabe que "siempre lo estaré buscando".
Meses antes de la llegada del poeta, Victoria publica en La Nación un artículo en defensa de Gandhi, compatriota de Tagore y contrapunto político suyo, a quién éste había bautizado como el "Centinela de la India", por su permanente estado de alerta, en defensa de los valores culturales de su país, lo que le sirvió también para un mayor acercamiento a la cultura del vate. "En el mundo moderno, Gandhi es un raro ejemplo de hombre que vive como piensa y piensa como vive", dirá ella.
Tagore llega en el mes de noviembre a Buenos Aires, afectado en su salud por una gripe, y la continuidad del viaje hacia Perú se ve frustrada, dado que los médicos que lo atienden en el Hotel Plaza, le indican guardar reposo por unos días. Victoria, que logra llegar junto a una amiga hasta su secretario, el inglés L. K. Elmhirst, enterada de esa situación, decide invitar al poeta a San Isidro, durante lo que dure su convalecencia, donde ella será "su anfitriona, y su enfermera".
Ante la negativa de sus padres de poder disponer de la quinta familiar para hospedarlo, le alquila a una de sus primas la casona cercana llamada "Miralrío", donde dispondrá parte del personal que sirve a su familia para atender al poeta, lejos de la molestia de visitas inoportunas.
La tarde en que llegan, tiene un cielo con una luminosidad muy especial luego de una tormenta, y Tagore se maravilla de ese río que pasa cercano, de los sauces, los aromos, y de las flores del jardín, ya que como nos cuenta Victoria "la primavera de 1924 fue clara, tibia, y de muchas rosas".
Durante su estadía, contrariamente de lo que había previsto su anfitriona, Tagore atiende a visitantes de toda índole, haciéndolos sentar en ronda junto a la barranca, con quienes se comunica en inglés, siendo en ocasiones la misma Victoria, "Vijaya" para él, su traductora.
También escribe poemas, en los que, al corregirlos, convertirá las tachaduras en dibujos, o como bien lo define Victoria "las palabras eliminadas de los poemas, renacían en el mundo de las formas". Allí aparecerán pájaros, caras, monstruos prehistóricos, víboras, etc. El cuaderno donde los escribe y realiza estos dibujos, será siempre recordado por ella y tenido en cuenta, como el comienzo de Tagore como pintor.
El poeta es consciente de que "Vijaya gasta mucho dinero" en sus cuidados, y no sólo en lo que él alcanza a percibir, ya que, hasta una nueva túnica, al fin de renovarle la vieja y raída que traía, le hace confeccionar en Paquin, tienda de alta costura parisina con sucursal en Buenos Aires, y de lo cual no se enterará nunca, dejando que piense que fue hecha, "por una costurera de San Isidro".
Tagore le interpreta canciones hindúes, que a ella le resultan en principio "monótonas hasta el cansancio", y Victoria le proporciona la visita de Ricardo Güiraldes, acompañado de su guitarra, como un representante genuino de nuestra tierra. A su vez invita un cuarteto de cuerdas, al que, por una indisposición momentánea, Tagore escuchará desde su habitación.
Ella está convencida de la complementariedad entre oriente y occidente, y que Tagore era "in the making", un puente para ello. En este sentido, en una ocasión él le hace oír un poema, el cual ella le pide que lo traduzca al inglés. Luego al leérselo, Victoria nota que aquello que era como "el caracú", no estaba en esta nueva versión, y ante su reclamo, el poeta le explica que lo había eliminado por creer que a los occidentales "eso no podía interesarles", a lo que ella responde muy efusivamente, que estaba "horriblemente equivocado".
Citando a Santo Tomás, recuerda ese "deseo de unidad" inscripto en el alma humana, y que "desde las Upanishads (escrituras sagradas hindúes) y las enseñanzas del Buda, al Evangelio, se puede vislumbrar".
Al convivir diariamente con Tagore por un poco más de dos meses, Victoria tiene la percepción de los aspectos negativos de la personalidad del poeta, ésos que lo hacen "caprichoso e inestable" y que tal vez, estima, "sean la causa de sus enfermedades", reflexionando a su vez, que esto suele ser propio de los poetas, aquellos que de algún modo no han dejado ser niño, y que, "si fueran más maduros, se los respetaría más, pero se los querría menos".
Es una testigo privilegiada de la lucha interna que "Gurudev" -El Maestro Poeta- como así también se lo llamaba, experimenta. Lucha entre el poeta y el santo, "lucha entre la sensibilidad a la belleza de lo tangible y su deseo de santidad". "Tagore es el primer santo que no ha reusado a vivir", dirá ella.
De su paso por América del Sur, el poeta comentará que no ha tenido una buena impresión, ya que "allí hay gente que se ha enriquecido muy rápidamente, y viven atentos a todas las modas europeas", ante lo cual Victoria dirá que, "Tagore no entendió el 'melting pot argentino', nuestro crisol". Según ella, era normal que nuestro país en formación, mutara permanentemente.
Tagore parte en barco hacia Italia en enero de 1925.
En ese año publica un libro de poemas, la mayoría escritos durante su estadía en San Isidro, "Puravi" (1925), dedicado a Victoria, donde se nota lo significante que para Tagore resultó aquel paso por nuestras tierras.
Será en París, en 1930, el lugar del último encuentro personal, donde Victoria, ocupándose de él de la misma forma que lo hacía en San Isidro, le organiza una muestra de sus pinturas en la "Galerie Pigalle", la que luego recorrerá parte de Europa, pero a la que ella, a pesar de los pedidos del poeta, no podrá acompañar, ya que debía partir hacia New York a encontrarse con Waldo Frank, para ultimar detalles del proyecto de la Revista Sur, que aparecerá al año siguiente.
Si bien Victoria alcanza luego una relación muy estrecha con la India, a través de la amistad con Jiddu Krishnamurti, y con personalidades como Jawaharlal Nehru, e Indira Gandhi, su agradecimiento eterno a ese país será por esa "restitución de bienes" que, en ella, "occidental y americana", estaban a modo de herencia, pero adormecidos, y que recuperó gracias a los ideales de Mahatma Gandhi, y la obra de Rabindranath Tagore.
Octavio Paz, dirá que Victoria Ocampo no sólo educó a su país sino a todo un continente. Este libro, "Tagore en las barrancas de San Isidro", no incluido en sus Testimonios, da cuenta de este empeño, en una historia que si, como señala ella citando a ST. John Perse, "sólo hay historias del alma", sin duda pertenece a ellas, haciéndonos vislumbrar la lucidez y la pasión de una de las figuras más relevantes, y de uno de los encuentros más memorables, de nuestra cultura.
(*) Cantautor
Victoria es una testigo privilegiada de la lucha interna entre el poeta y el santo, "lucha entre la sensibilidad a la belleza de lo tangible y su deseo de santidad". "Tagore es el primer santo que no ha reusado a vivir", dirá ella.
Al convivir diariamente con Tagore por un poco más de dos meses, Victoria tiene la percepción de los aspectos negativos de la personalidad del poeta, ésos que lo hacen "caprichoso e inestable".