El molesto "silbador de tangos": una insólita historia contada por El Litoral hace 90 años
Ocurrió a fines de los años '30. Un muchacho se subió al tranvía y, cómo si nada, se puso a silbar tangos sin parar. Fue tal el trastorno auditivo que generó que los pasajeros "casi lo linchan".
Crédito: Imagen ilustrativa creada con Inteligencia Artificial (Grok). Crédito: El Litoral
Las centenarias páginas de El Litoral son un manantial inagotable de hallazgos que reflejan cómo vivía la sociedad santafesina en distintas etapas históricas. Y entre ese cúmulo inconmensurable de noticias y crónicas, aparece una viñeta urbana publicada un sábado 27 de noviembre de 1937, en la página 2. Se llama "El silbador de tangos".
El "suelto", como se les decía antes a estas piezas, por su corta extensión, narra una situación totalmente insólita. Ocurrió que un muchachito se subió a un tranvía en el barrio Guadalupe, se sentó en el único asiento desocupado (el tramway estaba lleno de pasajeros) y se puso a silbar un tanguito.
Claro: en aquel entonces el 2 por 4 era el género musical más popular en la Argentina, además del folclore. ni trap ni nada de la nueva industria. Y por supuesto, todo llegaba en discos de pasta de 78 RPM, de un material de color negro y frágil: se rompían fácilmente. Nadie imaginaba que un día existiría Spotify ni Google Music.
Cómo era el protagonista
"No tendría más de veinte años y era de mediana talla. Vestía un saco y una gorra de cuero color borra de vino. Desde que subió hasta que descendió del tranvía, en Bulevar Pellegrini y 25 de Mayo, no dejó de silbar un solo instante", cuenta la crónica urbana.
Crédito: Imagen ilustrativa creada con Inteligencia Artificial (Grok). Crédito: El Litoral
Ello indica que el susodicho era un tanguero de gran oído, "de ley", como se decía allá lejos y hace tiempo, cuando el tango vivió su época dorada.
"La memoria musical (del muchachito) se concretaba al repertorio de las orquestas típicas, pues luego de silbar un tango acometía otro, y así hasta pasar revista a todos los tangos conocidos", cuenta la viñeta.
Ataque de nervios colectivo
Pero al problema lo tenían los pasajeros. Porque el fanático silbador ya generaba un trastorno auditivo en el atiborrado coche de transporte público "Los viajantes, tras las primeras interpretaciones del inopinado melómano, empezaron a mirarle con visible disgusto", va desarrollándose la historia.
Acaso la primera medida fue llamar la atención del guarda, ya que el muchacho de los silbidos atacaba cada vez con mayor fervor sus composiciones favoritas. Llegó un momento en que todos los ocupantes del carro eléctrico tenían sus miradas puestas sobre el tanguerito.
Pero el virtuoso del silbido continuaba imperturbable en lo suyo, como si fuera el único que viajara en el coche y quisiera acortar así la distancia o hacer menos monótono el viaje, dice el gracioso texto, al que da goce desentrañarlo.
La chica del Puente Negro
"En Puente Negro ascendió al tranvía una jovencita no mal parecida, de tez mate y naricita graciosamente respingada. Como no quedaba otro lugar disponible, tuvo que compartir el asiento con el incansable melómano". Pobre pasajera.
El silbador, en honor de su simpática compañera y cuando apenas acababa de darle final a uno de los 'tangones', empezó a regalarle a los oídos de su vecina los primeros compases de "El pañuelito blanco", con la música de Música de Juan de Dios Filiberto. Algunos estaban a punto de lanzar al joven por la ventanilla.
Recorte de la viñeta urbana publicada en noviembre de 1937. Crédito: El Litoral
La jovencita, "lejos de sentirse halagada por la vecindad que le tocara, no tardó en exteriorizar lo violento que le resultaba la compañía de ese fenómeno musical. En efecto, no sin antes haberle dirigido una mirada de alta tensión capaz de fulminar una montaña, se levantó de su asiento y fue a ocupar otro recién desocupado".
El final: "¡Córtese el pico!"
"Pero como ningún mal dura cien años -recuerda con sabiduría la crónica-, llegó el tan esperado instante en que el mozo del silbido arribó al término de su viaje. Sin dejar de silbar, el muchacho se incorporó indolentemente y enderezó sus pasos hacia la plataforma delantera".
Así eran los tranvías en las décadas del '30 y del '40. Crédito: Archivo El Litoral
Pero aquí el episodio pudo haber pasado a una instancia de violencia física. Porque en el mismo instante en que el silbador de tangos saltaba a tierra, en su parada, uno de los pasajeros se asomó a la ventanilla y le gritó, "entre zumbón y furioso: '¡Oiga! ¡Córtese el pico!'".
Pero el muchachito, sin inmutarse ni caer en cuenta de la molestia ocasionada, le respondió de forma socarrona: "¿Lo querés? ¡Te lo regalo!", cuenta la viñeta. Y el joven se alejó silbando por Bv. Pellegrini al Este, "seguido por las miradas de los que durante varios minutos fueron forzados testigos (y víctimas) de sus habilidades de silbador de tangos".
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