Un día desperté. Mientras me preparaba una taza de té, varias preguntas me golpearon en la frente. ¿Desde cuándo no hay que esforzarse para conseguir algo? ¿Desde cuándo sacrificarse pasó a ser un error, un camino innecesario, algo que solo eligen aquellos que "no saben vivir"?
¿Desde cuándo la constancia es vista como una terquedad inútil y no como el cimiento del progreso? Hoy nos venden la felicidad envuelta en filtros de Instagram, en cuerpos perfectos, en fiestas interminables donde nadie parece preguntarse nada. Pero… ¿realmente es felicidad lo que consumimos?
Vivimos en un tiempo donde la gratificación instantánea se ha convertido en el estándar. Presiono un par de botones y la serie está lista, un deslizamiento y alguien nos valida con un "me gusta", un toque en la pantalla y podemos seguir nuestra comida hasta la puerta de casa. Hemos cambiado el mérito por la inmediatez, el proceso por el resultado instantáneo.
Pero todo tiene un costo. Nadie nos dice que esa dopamina efímera nos vacía por dentro, que ese placer inmediato nos deja con un sentimiento de insatisfacción permanente (*). La ausencia de esfuerzo nos conduce a una falsa sensación de logro, una ilusión pasajera que se disuelve rápido y nos deja pidiendo más.
Aquí es donde entra en juego la DANA, la Dificultad Aparentemente No Aceptable. Este concepto, que parece tan ajeno a nuestra realidad actual, es en realidad una brújula que nos guía hacia el crecimiento personal.
Representa aquellos desafíos que, a primera vista, parecen insuperables, que nos generan rechazo o miedo, pero que, al enfrentarlos, nos transforman. En un mundo donde la comodidad es reina, la DANA es una invitación a salir de la zona de confort, a abrazar lo difícil como una oportunidad para crecer. Sin embargo, hoy la DANA es vista como algo a evitar. ¿Por qué? Porque hemos sido entrenados para buscar lo fácil, lo rápido, lo que no nos cueste esfuerzo.
Las redes sociales, los algoritmos de las plataformas digitales y la cultura del consumo nos han acostumbrado a obtener recompensas sin invertir tiempo ni energía. Pero... ¿qué perdemos en el camino? Perdemos la capacidad de perseverar, de tolerar la frustración, de construir algo que trascienda el instante. Incluso, perdemos la capacidad de detenernos a reflexionar.
El tiempo es nuestro recurso más valioso y, sin embargo, lo malgastamos en actividades que no nos aportan nada más que un breve chute de dopamina. Pasamos horas desplazándonos por redes sociales, consumiendo contenido superficial o buscando distracciones que nos alejan de lo que realmente importa. Pero el buen uso del tiempo no consiste en llenarlo con actividad constante, sino en invertirlo en aquello que nos acerca a nuestras metas, que nos permite crecer y que nos deja un legado.
Aristóteles decía que "somos lo que hacemos repetidamente". Si dedicamos nuestro tiempo a perseguir gratificaciones inmediatas, nos convertimos en seres superficiales, incapaces de sostener nada a largo plazo.
En cambio, si invertimos nuestro tiempo en proyectos que requieren esfuerzo y dedicación, nos transformamos en personas resilientes, con un propósito claro y una satisfacción profunda. Byung-Chul Han, en "La sociedad del cansancio", advierte cómo el exceso de estímulos y la presión por una felicidad fabricada nos han convertido en autoexplotadores de nuestra propia imagen.
Cada publicación, cada historia, cada video es una representación cuidadosamente editada de una realidad que no existe. Esta lógica nos empuja a compararnos con vidas irreales y nos hace sentir que, si no vivimos de acuerdo con esos estándares, hemos fracasado. Pero esta búsqueda de aprobación externa es una trampa.
Nos aleja de la DANA, de esos desafíos que, aunque difíciles, nos permiten construir una identidad auténtica. En lugar de perseguir "me gusta", deberíamos perseguir metas que nos llenen de orgullo y satisfacción, aunque nadie más las vea.
Zygmunt Bauman, con su concepto de "modernidad líquida", describe cómo todo se ha vuelto efímero, desde el esfuerzo hasta los sueños. Ya no se persigue una meta con convicción, sino que se salta de deseo en deseo sin tiempo para construir nada real. La cultura de la inmediatez nos ha convertido en consumidores de experiencias rápidas y desechables.
Estudiar, trabajar, construir algo con esfuerzo parece pasado de moda. Es "más fácil" salir de fiesta que quedarse en casa a leer, y ni hablar de estudiar... mala palabra. Es "más fácil" acostarse a mirar Netflix toda la tarde que empezar un proyecto.
Pero, ¿de verdad es más fácil? ¿O simplemente nos están vendiendo la idea de que el esfuerzo no vale la pena porque alguien más ya tiene todo resuelto? La realidad es que no hay atajos. La falta de sacrificio tarde o temprano pasa factura, y cuando lo hace, el castillo de naipes se desploma.
Lo paradójico es que aquellos que han logrado algo importante no lo han hecho desde la comodidad del "todo fácil". Marie Curie, Malala Yousafzai, Greta Thunberg... Ninguna de ellas alcanzó el éxito sin esfuerzo y perseverancia. Aristóteles nos recuerda que "somos lo que hacemos repetidamente". Si nos acostumbramos a la inmediatez, nos convertimos en seres incapaces de sostener nada a largo plazo. Pero si elegimos el esfuerzo y la constancia, construimos un futuro con bases sólidas.
El sacrificio no es sinónimo de sufrimiento gratuito, sino de construcción real. La vida está hecha de procesos, no de momentos editados para redes sociales. Es momento de recuperar la idea de que todo lo que realmente vale la pena se logra con esfuerzo, con caídas y aprendizajes. Si seguimos comprando la mentira de que se puede vivir sin sacrificarse, nos encontraremos en un futuro donde el vacío sea la única certeza.
La verdadera felicidad no es un producto listo para consumir, sino una construcción diaria, imperfecta y llena de desafíos. Y cuando llegue el día en que miremos hacia atrás, no nos preguntaremos cuántos "me gusta" recibimos, sino qué hicimos con nuestras manos, nuestra mente y nuestro tiempo.
(*) La dopamina es conocida mundialmente por ser una de las moléculas de la felicidad. Es un neurotransmisor que ayuda al cerebro a controlar las funciones motrices y el movimiento, así como a realizar otras funciones relacionadas con el estado de ánimo. También proporciona placer y relajación, e interviene en procesos de memoria y aprendizaje porque regula la duración de los recuerdos.
Dejanos tu comentario
Los comentarios realizados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Evitar comentarios ofensivos o que no respondan al tema abordado en la información.