Una dictadura militar decide invadir las islas Malvinas en nombre de la soberanía nacional. La arenga patriótica disimulaba una certeza por parte de los uniformados: los ingleses no iban a venir, iban a soportar resignados la ocupación argentina.
Negocio redondo: posamos de guapos sin pelear y recuperamos prestigio político. El resultado fue el previsible: los ingleses vinieron y ganaron la guerra porque todas las condiciones estaban dadas para que ganaran. Superioridad tecnológica, superioridad militar, superioridad en el consenso mundial.
Que quede claro: iniciada la guerra los argentinos nunca tuvimos ninguna chance de ganar. La clave exitosa del juego es que los ingleses no vinieran a pelear, pero vinieron, entre otras cosas porque Margaret Thatcher descubrió que con esta campaña militar se aseguraba la reelección.
La guerra propiamente dicha duró 74 días, desde el 2 de abril al 10 de junio. La baladronada del general Menéndez, "que venga el principito", se cumplió. El principito vino, desembarcó y llamó por teléfono a la mamá para decirle que todo estaba bien.
Murieron 649 argentinos, con un alto porcentaje de conscriptos. Sí, conscriptos, colimbas. Más maltratados por algunos oficiales argentinos que por los ingleses. El servicio militar como se sabe es obligatorio.
No se trataba de voluntarios que decidieron jugarse el cuero en una patriada. Los llevaron a la fuerza y con una capacitación militar casi nula. "Se obró con suma prudencia, se habló de un modo prolijo; les entregaron a un tiempo el rifle y el crucifijo", escribió Borges.
Por supuesto hubo soldados y oficiales que lucharon con coraje, pero hay buenas razones para suponer que la palabra adecuada para referirse a quienes les tocó protagonizar una guerra perdida de antemano es la de "víctimas", no tanto la de "héroes".
Las denuncias acerca de los maltratos de oficiales a conscriptos se han hecho públicas. Militares acostumbrados a torturar y violar mujeres no estaban predispuestos para ser delicados con los soldados a sus órdenes.
Los testimonios de colimbas acerca de los vejámenes que padecieron son escalofriantes. Un cronista llegó a decir que muchos de esos conscriptos le tenían más miedo a estos oficiales argentinos que a los ingleses.
"El que a hierro mata adentro a hierro muere afuera". Más o menos esta es la experiencia que vivieron los militares de la dictadura. Era fácil, era hasta placentero matar con impunidad a personas que en la mayoría de los casos apenas tenían un matagato para defenderse.
Podemos torturar, podemos violar mujeres, podemos disfrutar de los botines de guerra, podemos subirlos a algún avión y tirarlos al mar. Supusieron que la impunidad interna también era impunidad externa. Y se equivocaron. Ahora tenían que vérselas con soldados profesionales mejor armados que ellos. Astiz es un ejemplo elocuente.
Para este muchachito era "tejer y bordar" matar monjas francesas, adolescentes suecas o delatar madres. Pero cuando tuvo que pelear en serio, lo primero que hizo fue rendirse.
Lo que más indigna es la trampa, el embuste, la manipulación emocional. Insisto: los jefes militares invadieron Malvinas con la certeza de que EEUU los iba dejar hacer y los ingleses no iban a gastar plata para defender una islitas perdidas en medio de la nada.
Conclusión: perdimos una guerra que jamás debimos haber declarado, la perdimos por culpa de las fuerzas armadas de una dictadura militar dirigida por generales infames, mediocres y criminales.
Los que quieran conocer con detalle el bochornoso papel jugado por generales, almirantes y brigadieres de la dictadura, que lean algunos párrafos del informe de la "Comisión Rattenbach", dirigida por el general Benjamín Rattenbach y convocada a fines de 1982 por los propios jefes militares. Este informe no lo escriben subversivos, marxistas, liberales vendepatria.
Lo escriben militares, algunos de ellos funcionarios de la dictadura y otros, como Rattenbach, de impecable carrera castrense. Pues bien, después de explicar con detalles (más de diez tomos) las canalladas e incompetencias de los responsables de la guerra, recomienda para ellos prisión perpetua y fusilamientos por traidores a la patria.
Por supuesto, el informe Rattenbach se mantuvo oculto porque de haberse dado a conocer en 1983 el informe de la Conadep hubiera sido el cantito de amor de una dulce nodriza al lado de la reacción que habría tenido la sociedad al tomar conocimiento de tantas canalladas juntas, información que repito, provenía de las propias e inobjetables fuentes militares.
Después están los ejemplos que los generales argentinos no se dignaron a tener en cuenta. Fidel Castro fue un líder mucho más popular que Galtieri. Sin embargo, y más allá de sus manifiestos antiyanquis, ni ebrio ni dormido se le ocurrió recuperar el Guantánamo transformado desde 1903 en una base militar yanqui por la que paga un arriendo irrisorio y humillante.
Fidel era guapo, era guerrero, pero no era bobo. Y solamente a un bobo se le hubiera ocurrido dejarle servido en bandeja a los yanquis la posibilidad de una invasión por recuperar Guantánamo.
Algo parecido puede decirse de la relación de los chinos con Hong Kong. Mao había dirigido una guerra campesina; sus sucesores disponían de fuerzas armadas poderosas, pero jamás se metieron con Hong Kong. No le hubiera costado nada a Mao, a Chou en Lai, o a Jinping arengar a sus tropas para ocupar esa vergonzosa franja colonial inglesa.
Pero los chinos no son tontos y mucho menos irresponsables. Y tontos e irresponsables hubieran sido si intentaban hacer algo parecido a lo que hicieron los impresentables militares argentinos en Malvinas.
Gibraltar está ocupado por los ingleses desde principios del siglo XVIII. Pero es española. La diplomacia española siempre reclama. Pero ni mamados se les ocurre ir más allá de la gestión diplomática.
El propio Franco, al que nunca le tembló el pulso ni la voz para dar la orden de matar, con Gibraltar se quedó en el molde porque este gallego taimado de tonto no tenía un pelo, y si se las ingenió para no pisar el palito con Hitler después de la guerra civil, también se las ingenió para no comprar un problema gratis con los ingleses.
Ni Franco, ni Mao, ni Fidel se metieron en camisas de once varas porque eran estadistas serios, pero los militares argentinos sí lo hicieron porque se consideraban muy piolas, muy vivos: ocupar unas islas por sorpresa y posar de guapos con la certeza de que los ingleses a esa jugada se la iban a dejar pasar.
Lo cierto es que perdimos la guerra, se perdió la vida de soldados y tras cartón, se perdió por muchos, pero por muchos años, la posibilidad de recuperar las Malvinas, una posibilidad que estaba abierta, que era de difícil realización pero no imposible, pero después de una guerra perdida se terminaron todas las chances.
Dicho sea con todo respeto: tampoco es para ponerse a llorar a moco tendido. Argentina tiene problemas mucho más serios que esas islas que están a 660 kilómetros de la costa y su extensión es la mitad de Tierra del Fuego o Tucumán.
Y todo esto en un país que posee casi tres millones de kilómetros cuadrados, una geografía en la cual hay territorios que no explotamos, no desarrollamos y además no hay ninguna propuesta seria para hacerlo. Otra dificultad agreguemos que no es menor, incluso es posible que sea la más importante.
En las Malvinas hay una población que vive allí desde hace varias generaciones. Kelpers les decimos. No sé si tienen personería jurídica, pero lo cierto es que están, y lo seguro es que no quieren saber nada con ser argentinos.
¿Relación colonial? En los foros internacionales a esa afirmación hay que probarla, pero desde ya adelanto que toda relación colonial incluye poblaciones colonizadas, dominadas, ¿Dónde están los pueblos dominados, colonizados en Malvinas?
Por último, una preguntita a cada uno de ustedes para que la respondan con la mano en el corazón: ¿Mandaría a su hijo, a su nieto, a dar la vida por una islas perdidas en las brumas del Atlántico sur? Yo por lo menos, no. Y la razón es muy sencilla: Las Malvinas no valen una gota de sangre argentina.
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