Queridos Amigos. Muy buenos días. ¿Cómo están? Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma. En el centro de la Liturgia de la Palabra de Dios, está el tema de la felicidad y de la misericordia.
Queridos Amigos. Muy buenos días. ¿Cómo están? Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma. En el centro de la Liturgia de la Palabra de Dios, está el tema de la felicidad y de la misericordia.
Todos queremos ser felices; muchos consciente e inconscientemente -por distintos caminos y, con frecuencia, equivocados- buscamos la felicidad. Y es así, porque el hombre -como dijo el filósofo francés, Blas Pascal –"es un ser deseado y deseante, nunca satisfecho".
La parábola del Hijo pródigo que se proclama este domingo, es un ejemplo contundente de esta tremenda insatisfacción del hombre.
San Lucas lo relata de la siguiente manera: "…Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente". Palabra del Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
A mi criterio, me permito destacar algunas enseñanzas importantes y significativas para nuestra vida:
Primero. La experiencia del hijo pródigo, tan bellamente descripta en el Evangelio, es algo permanente en nuestra vida. La sociedad actual de consumo, con su publicidad seductora, nos quiere conquistar diciendo: sea feliz, viaje, sea feliz, compre, sea feliz, disfrute.
Y nosotros, como el hijo pródigo que quiere hacer su vida, viajamos, compramos, disfrutamos y no logramos alcanzar lo que verdaderamente buscamos. Y es así, porque ninguna cosa de este mundo por más bella que sea, puede satisfacernos plenamente.
Segundo. El hijo pródigo lo perdió todo: el dinero, su dignidad, su relación con el padre y su familia, terminando en la miseria extrema. Pero no perdió la capacidad de pensar y reflexionar. A pesar de su dramática situación existencial, fue capaz de entrar en sí mismo para preguntarse: ¿Quién soy yo? ¿Para qué vivo? ¿Hacia dónde camino?
El texto de San Lucas en pocas palabras lo expresa así: "Entonces, volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros".
Y allí, comenzó el hermoso proceso interior de cambio y conversión. Dios, con su gracia e inmensa misericordia, entró en su vida y todo cambió.
Todos tenemos, en algún momento de nuestras vidas, estos momentos de sinceridad y de reflexión. Hace poco, en una de las entrevistas televisivas, "Pampita", conocida modelo y bailarina argentina, dijo: "Hoy no pediría nada que se pueda comprar con dinero, hoy quisiera volver a creer como cuando era niña en las personas, en los milagros y en que el mundo puede ser mejor". ¡Qué bella confesión!
Tercero. Todos necesitamos hacer el viaje a nuestro interior, para ver cómo estamos por dentro, cuáles son nuestras insatisfacciones más profundas, nuestras aspiraciones, sueños y utopías por realizar. El hijo pródigo, después de malgastar su vida, vuelve a la casa paterna, se arrepiente, se reconcilia con su Padre para comenzar una nueva historia.
Quiso ser libre, pensaba que la vida pecaminosa, desordenada, entregada a los "placeres mundanos", era el camino de la felicidad plena y se equivocó. Es trágico buscar perlas preciosas en lugares falsos y equivocados. La felicidad –mis queridos amigos- no está en poseer cosas, sino que está en lo más profundo de nuestro corazón.
Para ir concluyendo, comparto con ustedes, un testimonio de un estudiante norteamericano de 22 años, que decía así: "Poseo un título universitario, tengo un coche de lujo, gozo de una total independencia financiera y se me ofrece más sexo y prestigio del que puedo disfrutar. Pero, lo que me pregunto es: ¿qué sentido tiene todo esto?"
Mis queridos amigos: los invito a pensar por unos minutos sobre esta bella parábola de hoy del "Hijo Pródigo", pues la meta de la vida humana no es hacer esto o aquello, ganar dinero, u ocupar cargos, sino en la conquista permanente de la "auténtica humanidad". Que Dios nos bendiga.
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