Hace unos días, el jueves 27 de marzo, el mundo se quedaba atónito ante la mayoría de las fotos. Una vez más, insisto, es necesario saber, para después saber qué pensar y cómo actuar. Ahora quiero presentar varias de estas fotos. Una que habla de Anhelina, de 6 años. Otra que habla Muhamoud, de 9. Y dos más que hablan de quienes no sabemos el nombre, pero por cierto que lo tienen. Son el síntoma de nuestro tiempo, el síntoma de una enfermedad que se expande, que se contagia, pero que tiene remedio.
Las fotos hablan, claro que sí, y lo hacen con más elocuencia de como lo hacen no pocos de los discursos habituales. El pasado 27 de marzo se dieron a conocer las fotos finalistas del premio World Press Photo 2025, tal vez el certamen de fotografía, de fotoperiodismo, más prestigioso del mundo. Hay que aprender a ver la realidad, hay que aprender escuchar con los oídos y también con los ojos, porque no todo lo que sale de la boca pública es palabra válida, ni siempre es la verdad.
Al premio se presentaron casi sesenta mil fotos procedentes de 141 países. Las fotos, todas de 2024, se agrupan según tres categorías (individuales, historias y proyectos) y según la procedencia de aquello de lo que dan testimonio. Las fotos seleccionadas, cada una de las cuales habla de una profunda historia humana, están en el sitio web de World Press Photo.
Anhelina y Muhamoud
Anhelina, de 6 años, sufre ataques de pánico desde que tuvo que abandonar su casa natal, cerca de la frontera rusa, en Ucrania, a causa de las bombas, para escapar de los bombardeos, para salvar la vida. Tal vez se pregunta por qué. En la foto se la ve paralizada, no se quiere mover, no quiere mirar. El miedo, en efecto, paraliza. Hoy vive con su abuela, alejadas de la frontera, y me parece difícil imaginar que pueda superar sus ataques de pánico puesto que continúan los bombardeos, la destrucción y la muerte a su alrededor. El autor de la foto es el fotógrafo alemán Florian Bachmeier.
Muhamoud tenía 9 años cuando en Gaza intentaba escapar de un bombardeo israelí, en marzo de 2024. Resultó herido, gravemente, y quedó para siempre mutilado: perdió ambos brazos, sólo tiene un muñón de cada lado. Me pregunto si era un terrorista, o si lo es ahora. O si entonces tenía siquiera tendencias terroristas, y sobre todo si tenía derecho a tenerlas, y si las tiene ahora, si es comprensible que las tenga.
Tuvo suerte porque a tiempo lo pudieron evacuar del horror, y recibió tratamiento. En la foto se lo ve desproporcionado, el tórax es pequeño, y esto quizá indica ciertas antiguas dificultades de nutrición y crecimiento, o el reciente imperativo de carecer de la musculatura que normalmente une cada brazo con la mitad del tórax. Me pregunto qué será hoy de su vida. La foto es de la fotógrafa palestina Samar Abu Elouf.
Con todas las fotos finalistas comenzará una exposición itinerante que recorrerá varios países. Comienza este mes de abril, para Semana Santa, en Amsterdam, Holanda. En mayo estará en Río de Janeiro, en agosto en San Pablo, en octubre en Curitiba, y en diciembre en San Salvador de Bahía, en Brasil. La exposición no se detiene en Argentina, o tal vez sea más acertado decir que Argentina no la recibe, o no la quiere recibir, o no quiere que se vean ciertas cosas, no lo sé. Y me pregunto por qué.
Hannah
Otras fotos hablan de otros niños y de otros adolescentes, y de cuánto sufren sólo por tener la mala suerte de estar bajo la sombra tóxica de un totalitarismo. Estoy leyendo un libro, una extensa biografía de Hannah Arendt (Young-Bruehl E. «Hannah Arendt: una biografía», ed. Paidós, 2008). Para saber más e intentar entender. Alemana, de familia judía asimilada, brillante, polémica, de pensamiento poderoso, conservadora y revolucionaria a la vez, fue una de las grandes pensadoras de nuestro convulso mundo contemporáneo.
Consiguió huir de la persecución nazi y encontró sosiego en New York, donde escribió mucho y profundo sobre los totalitarismos y la cuestión judía. Denunció una y otra vez los horrores de los regímenes totalitarios donde unos persiguen a los otros, y donde no se respetan los derechos y las libertades del otro. Es autora de obras tan importantes como «Los orígenes del totalitarismo», de 1951, donde desarrolla el concepto del mal radical: un mal «incomprensible, incastigable e imperdonable». Y, entre otros libros, de «Eichmann en Jerusalen», de 1963, donde expone el no menos terrible concepto de la banalidad del mal.
No sabemos cómo se llaman
Una foto procedente de Beirut, Líbano, muestra un grupo de personas, todos jóvenes, hay un niño entre ellos y una mujer con un bebé en brazos. Excepto la madre y su bebé, todos miran espantados hacia arriba porque ven pasar a baja altura un conjunto de drones israelíes que pronto descargan bombas, destrucción y muerte. La foto es de Murat Segül, fotoperiodista de Estambul, Turquía.
Un chico herido, que mira con dolor, con miedo, pero no mira a ninguna parte. Recibe atención médica y de enfermería, y de los vecinos, en el hospital al-Aqsa, en el suelo, después del bombardeo israelí al campo de refugiados donde estaba, precisamente, para huir de las bombas. Tiene sangre en la cara, en el cuello y en el tórax, está sucio, todo parece estar sucio en derredor. La mano izquierda está sucia y ensangrentada, y alguien se la envuelve con una venda limpia. La foto es de un fotoperiodista palestino, Ali Hassan Jadallah.
Osvaldo
Estas fotos que comento tienen en común un concepto fácil de ver. El poder es una enfermedad, un mal que se expande y se contagia, y lo que vemos es síntoma de esta enfermedad. Pero a la vez es fácil de ver que el tratamiento también está a la visa: lo tenemos en las manos. En este contexto, la memoria y el caso de Osvaldo nos hacen sabios.
Santafesino, escritor e historiador, profesor de la Universidad de Buenos Aires, traductor de Goethe y de Kafka, Osvaldo Bayer también denunció al poderoso que atropella al niño. En «La patagonia rebelde», un libro necesario para saber quién fue quién y, en consecuencia, quién es quién en la actualidad, explica, y denuncia que en el frigorífico Swift de Río Gallegos imperaba el trabajo infantil, y la explotación, y que había en particular un capataz que se ensañaba con ellos, los «peoncitos», así los llama Bayer, y les pegaba para que trabajaran más y más.
Los adultos, que eran testigos de la injusticia a la vez que compañeros de trabajos e infortunios, organizaron una protesta para defenderlos. El 20 de abril de 1917. La cosa fue mal, hubo quien terminó en la cárcel, hubo quien perdió el trabajo. La historia se repite, las historias se repiten. Pero la memoria no se pierde. Este episodio, bien documentado con nombres y apellidos, y foto, está en la página 56, cap. 2 (tomo I), ed. Booket, Planeta, 2004.
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