"Lo más misterioso de la literatura es por qué algunas ideas gritan más fuertes que otras"
El escritor y matemático bahiense dialogó con El Litoral en el marco de la reedición de su cuento “Un gato muerto”, en formato libro objeto, con las ilustraciones de Santiago Caruso.
“Siempre me sentí un cuentista, aún en mis novelas”, describe el autor de “Un gato muerto”. “La clase de protagonistas que a mí me interesan son personas que no están totalmente definidas dentro del campo del mal”, define Martínez. Fotos: Gentileza Planeta
Guillermo Martínez es doctor en Ciencias Matemáticas (UBA) y residió durante dos años en Oxford con una beca postdoctoral. Su bibliografía en el campo literario incluye libros de cuentos, novelas y ensayos: “Infierno grande”, “Una felicidad repulsiva”, “Crímenes imperceptibles” (traducida a 35 idiomas y llevada al cine por Álex de la Iglesia como “Los crímenes de Oxford”), “La muerte lenta de Luciana B.” adaptada también para cine por Sebastián Schindel (“La ira de Dios”), “Borges y la matemática” y “Gödel (para todos)” -en colaboración con Gustavo Piñeiro-.
Dictó clases de escritura creativa y conferencias de literatura en el Malba, en la Fundación TEM, en los laboratorios Filba, en la Universidad de Virginia (Estados Unidos) y en la Maestría en Escritura Creativa de la Untref. Obtuvo entre otros el premio del Fondo Nacional de las Artes, el Planeta 2003, el Konex de novela (2004-2007), el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez (Colombia), el Nadal de novela (España) y el Milovan Vidakovic (Serbia).
El sello de literatura fantástica, terror y ciencia ficción, Minotauro, publicó a fines de 2024 una edición especial de su cuento “Un gato muerto” (con ilustraciones de Santiago Caruso), originalmente incluido en “Una felicidad repulsiva”. Por este motivo, Martínez conversó con El Litoral.
Escalando
Abro “Los crímenes de Alicia”. El narrador habla de recuperar el acto de generación de la escritura. Eso es lo primero que haremos, desandar la creación de “Un gato muerto”, cuento originalmente incluido en “Una felicidad repulsiva” (2013). Guillermo Martínez, desde la pantalla, reconstruye el proceso, pero antes aclara: “En realidad, siempre la parte más misteriosa de la literatura es por qué aparecen ciertas ideas. Sobre todo, por qué algunas ideas gritan más fuerte para llamar la atención que otras. Yo tengo muchas ideas de cuentos anotadas, solamente voy escribiendo las que reclaman con más insistencia”.
Concretamente, el disparador del cuento fue una suerte de relato policial donde alguien se apropia de un crimen que no cometió. “Al pensarlo, me pareció que no podía ser el asesinato de otra persona. Eso requeriría que hubiera un beneficio inmenso, una especie de premio. También se vería una cantidad de complicaciones morales que alejarían al protagonista de la clase de protagonistas que a mí me interesan, personas que no están totalmente definidas dentro del campo del mal. Me interesa más lo que ocurre en este cuento: un científico ve la oportunidad de apropiarse de la desaparición de un gato por un fin ulterior, tratar de conquistar a una chica”.
A partir de allí, el escritor e investigador puso su foco en el crescendo de la trama. “No quería escribir una novela policial alrededor de esto. Sino, como en muchos de mis cuentos, que una situación aparentemente pequeña vaya escalando. El sortilegio, la magia de la literatura permite que situaciones que no darían para una crónica del diario revelen, sin embargo, los costados más recónditos de la naturaleza humana. Estaba de por medio, también, algo que aparece en muchos de mis cuentos, que es esta tensión entre las explicaciones naturales (científicas) y algo del orden de lo sobrenatural o de lo fantástico y de la locura. Son territorios en los que siempre me moví. Estas especies de explicaciones pueden darse tanto desde un costado científico como dar la sensación de que hay algo más allí. Algo, en cierto punto, inexplicable”.
Traumático
Martínez retrocede sobre un punto. Abre el interrogante. Si no es el crimen de una persona, ¿de qué o quién? “Naturalmente se me ocurrió un animal. Me parecía que un perro era demasiado cruento. Por otro lado, me acordé de un cuento de Samanta Schweblin que se llama ‘Matar a un perro’. Pensé que un gato estaba dentro del rango. Que cualquiera podía llegar a intentar matar o hacer desaparecer a un gatito que lloraba todo el tiempo. Pobres gatos, son animales bastante expuestos a la crueldad humana. Entonces, di con el elemento que pone en marcha todo el relato: un gato recién nacido que llora y no deja dormir a este personaje ni a nadie en ese edificio”.
La elección de la víctima sacrificial pone en escena al Gato de Schrödinger. “Se desliza al pasar”, concede Guillermo. “Eso, a la vez, me llevó a la idea del aljibe que está en el centro de la casa. El aljibe es una especie de pasadizo, de agujero de gusano en el tiempo. Una pasadizo que lo lleva hacia sus recuerdos de infancia. Hacia la desaparición del gatito en manos de la madre. Hay algo traumático que lo conecta con esa infancia en la que el chico era sonámbulo. Todo eso creo haberlo dado con los sueños y el elemento que lo retrotrae a la infancia, que es el aljibe en medio del patio. Ese patio tiene algo de lo que fue su vida de niño. Está obturado a la manera ciudadana pero guarda los peligros y la crueldad de la vida en el campo”.
Martínez refirió en más de un medio a una construcción del horror ligada a la locura, lo cual lleva a preguntarnos sobre el modo de operar de determinados estímulos en los sentidos. Poe y Highsmith son algunos de los nombres a los que dio entidad el autor bonaerense, podría sumarse la atmósfera de “El silenciero” de Antonio Di Benedetto. “Una novela mía, quizá la menos leída, se llama ‘La mujer del maestro’. Empieza con el protagonista a la espera de que le abran una puerta. En el silencio que hay en esa especie de café-librería, él empieza a escuchar los ruidos en círculos cada vez más amplios”, introduce abriendo la constelación. “Casi siempre no estamos totalmente atentos a los sentidos. Ciertas situaciones nos ponen en una posición en que el sentido tiene algo de enloquecedor, de obsesivo. Tanto si crece como si disminuye, porque uno siente que va a volver a crecer. Y es como si toda la atención quedara prendida, en el caso de este cuento, de ese llantito a la noche. Porque le trastorna la vida al protagonista y es algo que pareciera que no va a cesar. Es una especie de condena que le cae apenas se muda. Habrás visto que la gente se mata por el volumen de la música (ya estamos como sociedad medio desquiciados). Son la clase de estímulos que, a veces, desatan estas conductas o desmesuras”.
Terra incognita
Usando el verbo elegido por el autor nacido en Bahía Blanca, “Un gato muerto” escala a partir de una escenificación justa que deja espacios para que el lector vaya completando la historia. No sabemos mucho de la vida del protagonista, es verdad. “Esa es la economía del cuento”, advierte. “Siempre me sentí un cuentista aún en mis novelas”.
Martínez destaca que en sus producciones literarias “no hay más de lo que requiere la corriente central de la historia”. Reconoce y comparte el planteo de Bioy Casares, eso de que por las digresiones entra la vida en la literatura (frase sobre la que ya se explayó, entrevistado por este medio, Pablo De Santis para encuadrar el suspenso), pero tiene claro que él no es un escritor de lo digresivo. “Las digresiones tienen que estar dentro de los focos principales de la novela, tienen que ser como la magia antigua de simpatías. En una de mis novelas, el protagonista viaja por una conferencia y queda fuera de la acción principal, pero los temas de la conferencia que da están ligados a lo que ocurre. Los momentos de digresión son muy necesarios a veces, como cuando querés apartar al protagonista para que vuelva y reflexione de manera diferente”.
-¿Esa economía del cuento aparece en los primeros escritos? ¿O a medida que los vas corrigiendo?
-Inicialmente corregía muchísimo, hasta quince versiones de cada novela. Siempre me gusta releerme, tener distintos borradores. Cuando terminaba el primer borrador de una novela sentía que solamente estaba el esqueleto, pero que había que hacer mucho trabajo. Con los cuentos un poco menos.
Ahora, cuando termino el primer borrador de una novela, yo tengo la sensación íntima de que ya se parece mucho a la versión definitiva. Luego, hay que ajustar algunas cosas. No sé si es que aprendí o me resigné. Empecé a hacer algo similar a la escaleta de los guionistas. Trato de dejar anotaciones sobre lo que voy a intentar escribir en el primer capítulo, en el segundo, en el tercero, más o menos hasta donde veo hacia futuro cómo se desarrollaría el texto. Pero siempre dejo que haya una terra incognita. Me lanzo con algo bastante pensado sobre las primeras piezas y con una idea de final que luego puede cambiar. Muchas veces me pasó de cambiar el final sobre la marcha pero, por lo menos, un final tengo previsto.
Quizá lo más interesante es lo que uno encuentra en el camino una vez que está forcejeando en tiempo real con el material. Qué es lo que queda de lo que uno pensaba, qué es lo que los personajes van armando entre sí. Hay una cantidad de derivaciones, de bifurcaciones que uno no puede pretender adivinarlas. En mi libro “Once tesis (y antítesis) sobre la escritura de ficción” yo lo comparo un poco a la idea del ajedrez, ¿no? Las negras también juegan. Por más que uno lleve preparada su jugada de apertura, tiene que contar con que las negras también van a pesar. Eso mismo ocurre al escribir y lo que juega es lo que está escrito. Es como si fuera una pulseada entre aquello que uno piensa, de lo simbólico, de cómo se van a desarrollar las escenas, de cómo van a aparecer los personajes. Todo eso uno lo prefigura, pero después en la práctica hay muchos impedimentos que aparecen de lo ya escrito. En lo escrito, a medida que se va acumulando, hay cosas que ya quedan superfluas, cosas que están condenadas a no ser. En ese forcejeo se escriben los libros.
Otro mundo
El arte de tapa y las ilustraciones son el lenguaje que se incorpora a esta edición y lo ubican en la categoría de libro objeto. Con Santiago Caruso, pintor contemporáneo de la corriente simbolista, Martínez no tenía otro vínculo más que la admiración por su trabajo, luego de haber visto la edición de “La condesa sangrienta” de Alejandra Pizarnik por Libros del Zorro Rojo.
“Esto es casi una confesión. Yo siempre quise tener un libro ilustrado”, reconoce Guillermo. Además de los libros de la editorial independiente de Barcelona, él se quedó impactado con la edición de “La respiración cavernaria” (Páginas de Espuma), de Samanta Schweblin. “Ella me dijo que le pareció increíble cómo el cuento se sostiene de otra manera por sí mismo. Un cuento que se convierte en algo, de algún modo, más importante. Como si uno reparara más en un cuento porque constituye un libro. Esto es como discutir las virtudes del ebook con respecto al libro físico: tiene sus argumentos a favor y en contra. Pero yo lo sentí así también: el cuento queda con el marco adecuado y se sostiene con más intensidad gracias a las ilustraciones. Crean otro mundo las ilustraciones”.
Para el final del Zoom, Martínez se guarda unos apuntes ciertamente expansivos. “Tiene algo del soporte que le da el cine a la historia. Como si fuera un cuento subrayado. También me pasa, a veces, cuando alguien lee muy bien un cuento. Si alguien lee mal, es una tortura. Se destruye. Cada tanto, muy raramente, alguien sabe leer. Cuando alguien lee un cuento en público muy bien, hay algo nuevo que aparece. Las ilustraciones son afines al espíritu, le dan un realce y una especie de intensidad que la palabra escrita no llega a alcanzar a dar”.
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